jueves, 15 de diciembre de 2011

Corrí bajo la lluvia



Corrí bajo la lluvia...ya no estabas
para alcanzarte, incontenida, loca.
Corrí bajo la lluvia, con la boca
y las manos que el viento castigaba.
Toda sombra eres tú...en cada octava,
 espejismo fugaz de luz, que evoca,
 el rumor de su voz en toda boca,
la forma de su mano en toda aldaba.
No te encontré, volví sin ti, lejana.
Hoy lo se yo, tu lo sabrás mañana;
Esta humilde alegría inesperada...
Esto de andar la lluvia, lentamente
con el rostro mojado,
transparente,  y el alma.
Yo no se como....lavada.
                                                               Vilma Vera Ríos

martes, 13 de diciembre de 2011

Momentos


Magia hay en tus ojos, espejos negros
que un día me miraron y quedé preso
de todos tus encantos y de tus besos.

Magia tiene la noche con sus misterios.
Magia, en el silbido fuerte del viento.

Magia traen las aves en su aleteo
y con sus trinos llenan el universo.

Magia hay en tu sonrisa cuando te encuentro
calmando mis heridas, dándome aliento.

Magia hubo en la luna que fue tu cómplice
cuando bajo su luz, me robaste un beso.

Magia, en las palabras con las que escribo,
sin ellas no podría decir ¡te quiero!

Mercedes Titi Díaz

jueves, 8 de diciembre de 2011

La historia de mi muerte - Natalia Hatt


Durante la mayor parte de mi corta vida, solía soñar con mi muerte. Lo soñaba al menos unas dos veces al año, desde que tengo memoria. Aquellos sueños estaban allí, frecuentándome, tratando de advertirme sobre mi destino; pero yo no negaba a hacerles caso. En vez de eso, decidí creer que eran tan sólo unas tontas pesadillas, tal vez causadas por algún trauma de mi infancia.
 No podría haber estado más equivocada. Si hubiese hecho caso a las advertencias, posiblemente ahora seguiría viva. Pero no lo hice, y ya no hay nada que se pueda hacer al respecto.
Pero estoy en paz, y eso es lo que importa. Ahora tengo todo el tiempo del mundo, y puedo ocupar un par de minutos para contarte mi historia completa. ¿Estás listo para escuchar? Por favor, toma asiento antes de que continúe.  
Era la mitad de enero. El día había sido más caluroso de lo normal, y esa noche, hubo una tormenta tropical. Una de las peores en décadas, escuche en las noticias.
Ese día, también recibí el golpe más devastador de mi vida. Mi novio, Ian, a quien yo amaba con toda mi alma, y con quien había convivido durante los últimos dos años, confesó que me había engañado hacía ya un tiempo atrás.
Yo estaba tan furiosa que el enojo me cegó completamente. Debía dejarlo –decidí luego de haberle dicho todos los más horribles insultos que puedas imaginarte.
No le permití que me dijera más nada. Él quería explicarme que todo había sido un error, que todavía me amaba, y que porque me quería, había decidido ser honesto conmigo y deseaba arreglar las cosas.
Pero yo junté mis cosas, y aunque todavía estaba lloviendo bastante fuerte, me puse mi impermeable y me subí a mi moto. Necesitaba ir a casa de mi abuela; sabía que eso era lo que tenía que hacer. Ella siempre tenía alguna manera de reconfortarme y hacer que yo me sintiera mejor; siempre estaba allí para ayudarme.
Yo conocía muy bien la ruta. Solía visitar a mi abuelita muy seguido, por eso estaba segura que aunque el asfalto estuviese muy mojado, yo podría lograrlo. Eso era un gran error… había una cosa con la cual no contaba, y de eso me arrepentiría.
Tomé la solitaria carretera. Nadie estaría allí esa noche, yo sabía. La tormenta había sido terrible y la mayoría de la gente tendría miedo de que continúe. Sin embargo, yo no tenía miedo. Pero como ya te he dicho, estaba cegada por mi ira y mi decepción. No podía pensar claramente.
Luego de conducir por unos kilómetros, noté que un auto me seguía. Era él, era Ian. Necesitaba llegar a la casa de mi abuela rápido, entonces aceleré lo más que pude.
La lluvia caía sobre mi rostro. Me había olvidado de llevar mi casco conmigo, pero me agradaba la refrescante sensación de la lluvia sobre mi cara; eso me hacía sentir un poquito mejor.
Él todavía no podía alcanzarme, yo estaba segura que llegaría a destino antes que él pudiese hacerlo. Pero… nunca lo hice.
Unos minutos más tarde, estaba a punto de alcanzar el Puente Amarillo. El puente estaba sobre un arroyo que no era muy profundo, pero cuando llovía, siempre se inundaba. Y ese día, yo pude ver como el agua cruzaba bien por arriba del puente, cubriéndolo por completo.
Y fue allí cuando me di cuenta: Había soñado antes sobre ese exacto momento. Sí, ése era mi sueño más recurrente: El agua, el sentimiento de que alguien me estaba siguiendo, la noche tormentosa. Había visto todo aquello en mi sueño.
Sin embargo, no quise creer que podía ser cierto, y no podía dejar que Ian me alcanzara. Decidí cruzar el puente de todas formas. Pensé que lo lograría, sabía cómo hacerlo, entonces… no me detuve.
Pero el problema era que ya no había más puente: El agua se lo había llevado. Pero yo no pude verlo, y la misma corriente que se llevó al viejo puente, también me arrastró a mí.
No entendía lo que me estaba sucediendo. Perdí el control de mi moto, me estaba hundiendo, y siendo arrastrada por la corriente. El agua llenaba mis pulmones, y yo me estaba ahogando.
Era realmente agónico. La vida en mí se estaba desvaneciendo más y más con el transcurso de cada segundo… Yo me estaba desvaneciendo. Luego, todo se volvió negro, y no sentí ya más dolor.
Ian siempre había sido un buen nadador, pero no pudo alcanzarme a tiempo. Cuando llegó al puente Amarillo, me vio hundirme junto a mi moto. Pero no fue lo suficientemente rápido.
Saltó dentro del arroyo y se sumergió bajo el agua, tratando de agarrarme, tratando de salvar mi vida. Pero no pudo hacerlo. Cuando al fin logró agarrar mi brazo y arrastrarme fuera del agua, yo ya me había ido.
Él trató de reanimar mi cuerpo sin vida; pude verlo desde el otro lado del arroyo. Me costaba entender lo que me estaba pasando, pero sabía que estaba muerta. No había otra explicación.
Ya no sentía más dolor, no me sentía enojada. Todo eso se había ido. Me sentí mal por Ian cuando vi su cara, el terrible dolor y la culpa en sus ojos. Él estaba llorando desconsoladamente. Estaba desesperado, y no había nada que él pudiese hacer: Me había perdido para siempre.  
Lo presencié todo. Unos minutos más tarde, llegaron una ambulancia y un patrullero. Los hombres de la ambulancia cubrieron mi cuerpo muerto, y se lo llevaron. Ian estaba a punto de meterse en su auto para seguir al patrullero. Seguramente tendría que prestar declaración ante la policía –pensé.
Iba a seguirle, pero luego vi una luz brillante viniendo desde el cielo. Era tan hermosa que caminé hacia ella. Pude ver un rostro familiar allí: Era mi adorada madre. Ella había muerto cuando yo tenía cinco años, pero yo todavía podía recordar esa hermosa cara.
“Ven a mí, hija”, dijo ella.
“No puedo,” lloré. “Tengo que asegurarme que él esté bien.”
“Todo estará bien, mi querida”, me aseguró mi madre. “Necesitas dejarlo ir, tienes que perdonar.”
Yo, prácticamente, ya le había perdonado por lo que había hecho. Sabía que había intentado salvarme, podía ver que realmente me amaba.
Entonces, me dije a mi misma y al universo que le perdonaba por todo el dolor que me había causado, y luego, decidí que era lo correcto perdonarme a mi misma también.
Me sentí en paz después de perdonarlo todo; ahora podía seguir adelante. Y fue allí cuando caminé hacia la luz, sosteniendo la mano de mi madre y sin mirar hacia atrás.
Esta es mi historia. Desde que aquello ocurrió, he estado cuidando de Ian desde el otro lado, haciendo lo que está en mis manos para que él pueda rehacer su vida. No quiero que se sienta culpable por lo que me pasó. No fue su culpa.
Y como te dije, tengo un montón de tiempo y puedo disfrutarlo. Tal vez hubiera querido vivir una vida mucho más larga y feliz, pero sé que tendré otra oportunidad para hacerlo algún día, cuando sea el momento adecuado. Por ahora, tan sólo disfrutaré del paraíso.
 Natalia Hatt


jueves, 1 de diciembre de 2011

En Seguí están juntos por la lectura

Alumnos de la escuela N°61 Facundo Zuviría ganaron un certamen nacional de lectura organizado por UNO Medios y la Revista Nueva junto a la Fundación Leer.

Muy agradecidos. En ese par de palabras se resume el estado de ánimo del equipo docente de la escuela N°61 Facundo Zuviría de la ciudad de Seguí, en Paraná campaña. Sucede que ganaron un certamen nacional de lectura organizado por UNO Medios y la Revista Nueva junto a la Fundación Leer. Y en consecuencia accedieron a gran cantidad de libros que ya forman parte de la sala de lectura del prolijo establecimiento educativo de la localidad entrerriana.

"No sé qué decir, es una alegría inmensa que nos hayan reconocido", dijo a UNO Élida Siebenlist, la maestra de 3° grado que impulsó a sus alumnos a sumarse al certamen. La docente aportó que decidió contar la experiencia colectiva por medio del concurso "Juntos por una Argentina Lectora" pero que nunca imaginó ganarlo. Precisó que llevó adelante el proyecto junto a Kevin Jones, un joven de 18 años que ayudó a que los niños se dejen atrapar por la magia de las historias relatadas en libros.

Durante la entrega de los libros la maestra mostró a los periodistas de UNO un original libro que logró editar de manera artesanal con la ayuda de "padres alumnos, vecinos y amigos". Lo de original viene a cuento de la idea motora: "Cada familia debía aportar un cuento de propia creación y acá, en el aula, lo ilustramos y editamos en una página", precisó entusiasmada. "Fue tan grande el apoyo que mucha gente pedía permiso para contar su cuento", describió. Así es como docenas de páginas de colores fueron cobrando vida con cuentos pensados por chicos y grandes.

Élida motiva a sus niños hacia la lectura y ese esmero le valió el reconocimiento que se materializó en una caja colmada de obras destinadas a cautivar la atención de niños y adolescentes.

La docente destacó el apoyo de Liliana Ester Ríos y Liliana Cargnel, directora y vice respectivamente de la escuela donde la imaginación tiene piedra libre para jugar.

Diario UNO

martes, 15 de noviembre de 2011

Personajes de la plaza

Hay en la plaza dos árboles llenos de flores azules. Son Jacarandaes que están desde hace muchisimos años. Más de cincuenta seguro y muchisima historia. Empezando por quien los plantó, escribe Teresa despacio en su improvisada hoja. Hace un rato que llegamos a la plaza. Llegamos en busca de historias. De cosas por contar, rostros que quizás estan a la espera de ser narrados.
No es dificil pensar en aquel empleado municipal que hace años plantó los Jacarandaes aquellos. Imaginarlo, cometiendo un acto que en toda su cotidianeidad daría cimiento al paisaje que aquella tarde veíamos en la plaza.
Detrás de nuestra pequeña ronda, un caminante de paso apresurado busca algo con la mirado. Algo que no encuentra, que tal vez dirije su andanza. El destino que lleva no lo conocemos, pero quizás todos los días a la misma hora, cuando baja el sol, con el mismo bolso, marcha rápido. Pero observa a cada niño que juega, cada árbol que se mueve al compás del viento.
Hoy hay una brisa tranquilizadora en el ambiente que hace bailar las hojas.
Y se nos desaparece de nuestra vista entre las calles el caminante. Lo desconozco pero se asemeja a mí en la busca de un camino por el cual dirijirse. Tal vez en el final alguien lo espera. Tal vez solo sale a admirar un paisaje, escribe Natalí despacio en su hoja con una biromen azul mientras el resto hablamos de cualquier cosa...
A lo lejos unas niñas mantienen un dialogo de miradas. Ellas parecen darle sentido a la plaza, hacer que allí habite la infancia. Debemos escribir una historia detrás suyo.  "El viento puede cambiar de aire" leemos mientras una niña recorre el centro de la plaza. Pensamos que los ojos de esa niña, y de aquellas otras, recorreran el mundo cuando nosotros como aire ya no estemos.
Mientras tanto, las pequeñas tratan de dar la vuelta entera al farol de la plaza.
El paso de un inspector de tránsito, definitivamente cambió el aire de aquella tarde.
-Apena lo conozco, pero sé algo de su historia- dijo Alicia -Este hombre sabe de la vida un poco más que yo. Un año atrás fue centro de atención, motivo de preocupaciones y hasta diría de miradas. Tuvo el raro privilegio de ser el úncio caso de Gripe A en el pueblo.
La conversación iniciada por Alicia continuaba en la plaza. Nuestras palabras, cotidianas y a veces profundas, continuaban navegando aquel aire. Sin querer, convirtiendonos en los personajes de aquella plaza que tanto habíamos ido a buscar.
Alicia Beber
Teresa Albarenque
Natalí Metz
Kevin Jones

La vida es una ilusión - Ernesto Parrilla

 
Cuando las luces se apagaban y los últimos pasos que se alejaban hacia la salida llegaban como un eco marchito, el mago se refugiaba en el cuartito del fondo del humilde teatro. Agradecía el descanso que le proporcionaba la silla, la firmeza del respaldo para su espalda y también el vaso de agua y el plato con comida que le dejaban preparado.
No había paga por su trabajo, no le hacía falta. El encanto mayor eran las sonrisas, las muecas de sorpresa, los gestos de asombro.
En el cuartito comía y descansaba, disfrutando el silencio. Durante la función sus oídos recibían aplausos y a veces carcajadas, cuando sus actos con rutinas de humor así lo propiciaban. Pero allí, solo ante su plato de comida y el vaso de agua, podía pensar con tranquilidad, casi escuchando a sus ideas.
Era un buen ejercicio, podía pensar el show de la noche siguiente, encontrarle la vuelta al truco que se le había ocurrido unos días antes, incluso, repasar los rostros de los presentes y hasta llevar la cuenta de las veces que cada vecino había ido a verlo sobre el escenario.
Pero había una imagen, que al llegar, lo absorbía por completo. Y eso sucedía cada noche, porque ella iba a todas las funciones. Era pelirroja, de enormes bucles y miraba curiosa. Se sentaba en las primeras butacas, pero jamás se acercaba a saludarlo al término del espectáculo, como solían hacer otros. Se iba en silencio, sonriente, mirando de vez en cuando por encima de su hombro, como asegurándose que él seguía allí, recibiendo apretones de manos y palmadas en la espalda.
Se sabía el nombre de todo el pueblo, salvo de esa chica. Se reía de su mala fortuna, porque si había un conocimiento que quería hacer suyo, era justamente el de ese nombre. Pensaba que sabiendo el nombre, no podría resistirse a marcharse si el la llamaba con fuerza.
Su rostro se paseaba delante de sus ojos, como un grato fantasma, mientras apuraba el último trago de agua. Se sintió satisfecho. Limpió algunas migajas que habían caído encima de su ropa y se puso de pie. Contempló el cuartito desde la puerta y tras un movimiento de sus manos, el lugar se redujo a una pequeña cajita de cartón. La tomó entre las manos y salió del teatro, por la puerta principal. Dejó la cajita en la vereda e hizo otro movimiento, ahora con una varita. El teatro de esfumó en el aire. En el suelo, donde antes había estado la construcción, había otra caja, un poco más grande que la anterior.
Tomó la chiquita y la introdujo dentro de la otra. Y llevándolas entre sus manos, caminó por la calle, observando la enorme luna que se elevaba entre los árboles. Al llegar a la salida del pueblo, giró sobre sus talones y parpadeó dos veces. El pueblo dejó de existir.
El mago sonrió complacido. Era hora de descansar y recuperar energías. Siempre la mejor función era la que no se había dado y cada noche soñaba con lo mismo, con dar con el nombre de la pelirroja. Suspiró profundo y puso en marcha sus piernas. Sus manos llevaban la caja y su magia, la ilusión.

Proceso

 Con un hato de palabras
en mi hombro
seguí caminando a paso lento.
Sabía de un lugar sin ruidos
a cierta distancia, dentro de mí.
Esquivando que la ansiedad me guiara,
llegué a su tiempo
y no hizo falta interpretar latidos
ni discutir los pensamientos,
mi hombro aliviado
me decía que las palabras
fueron cayendo en el camino.
Alicia Beber